Una casa, florero, silla, cuadro que ni siquiera merece estar en la pared y está en el piso.
La luz le roba espacios triangulares a mi oxígeno poluto, sólido humeante.
Siento el sonido que provocan sus pisadas, sé donde se dirigen, sé que cosas cargan sus manos callosas y aún así no atino a moverme.
Me siento triste. La misma congoja que me provocaba jugar con el reloj o caerme y lastimarme la rodilla para que papá viniera a socorrerme.
Quiero llorar y mis ojos prolijamente tristes, como un cuadro de Chagall me prohíben hacerlo.
Siguen arrastrando sus pies dándome la impresión de que no saben desplazarse de una manera que me moleste menos. Con rabia, indignación, odio, dolor y una tremenda impotencia seductora de decir, decidir, manipular y salir.
Todo tendría que haber sido diferente. Yo no quería esconderme en el sótano para no ver como los sacaban y cuando prendí el único farol que nos quedó después de la guerra, me sorprendió que aún encendiera.
Alguien me tocó el hombro y vi la mugre metida en las grietas y me estremece la mano que asesinó por nosotros por ignorancia.
Salgo llevando tras de mí la silla y la maleta inglesa marrón de su padre, donde puse el cuadro y el florero.
Cuando quise cerrar la puerta, para dejarla morir con dignidad, se cayó y no hubo manera de componerla.
Seguí caminando y volví con la morbosidad de quien disfruta una agonía y con la pena de quien se despide porque sabe que no regresará jamás.
Autoría compartida con Sandra Ibañez Pereira en edad adolescente, con estudios profundos de talleres literarios varios.
lunes, 29 de septiembre de 2008
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